El grafólogo ante una carta de presentación manuscrita

Presentar el manuscrito de un candidato a un grafólogo significa poner en manos de éste el alma entera de aquel.
Las empresas, aún reacias a la selección de personal por grafología, sin duda lo son por desconocimiento de las posibilidades de esta ciencia para adentrarse en los más recónditos abismos de la personalidad humana. Pero, a pesar de todo, esta gran desconocida, la grafología, inquieta y despierta curiosidades.
No voy a pretender más con este artículo que aportar unas nociones, abrir una breve puerta a esa sabiduría, a ese pálpito del grafólogo cuando, frente a sí, se encuentra con el reto de una carta de presentación manuscrita, y guiando el estudio con las interpretaciones aportadas por las distintas Escuelas grafológicas.
Sin necesidad de entrar en un análisis profundo, ¿qué es lo que se descubre de una primera impresión de la escritura?

• La carta de presentación manuscrita generalmente suele constar de al manos quince líneas escritas de mano del candidato. El tema será espontáneo y normalmente tratará de una autodescripción del candidato, bien en sus aspectos personales bien en los profesionales, así como una exposición de sus intereses futuros o razones por las cuales está interesado en el puesto de trabajo. El manuscrito ha de ir necesariamente firmado; más adelante veremos por qué.

• “Escribir conscientemente es lo mismo que dibujar inconscientemente el dibujo de sí mismo, el autorretrato”
Max Pulver, maestro grafólogo de la Escuela simbólica, definió con estas palabras el acto de escribir y su consecuencia: el que escribe se retrata a sí mismo. No es preciso que el candidato esté presente, si su escritura lo está el análisis grafológico de ésta equivaldría a mucho más que una entrevista personal. Si es cierto que, en la entrevista, la buena presencia dota de puntos al candidato y que la primera impresión constituye un halo imprescindible, del mismo modo la carta de presentación clara, ordenada, cuidada y limpia condicionará favorablemente el posterior análisis escritural del detalle.

• “Cuando se escribe el “yo” está en acción, pero el sentimiento casi inconsciente de que el “yo” obra, pasa por alternativas continuas de intensidad y de debilidad. Está en su máxima intensidad donde existe un esfuerzo a realizar, esto es, en lo inicios; y en su mínima, donde el movimiento escritural está secundado por el impulso adquirido, esto es, en los finales”.  De la Escuela Simbólica, a la Escuela mímica de Sollange Pellat, no excluyentes ambas sino completamente compatibles. Tras tomar una impresión del conjunto de la carta, el grafólogo ha de tomar tres tipos de muestras: un análisis de las dos o tres primeras frases, otro de la dos o tres centrales y lo mismo de las frases finales del escrito.
La mano que escribe pasa por distintas fases que se han de tomar en cuenta necesariamente. También Mauricio Xandró en su Escuela profunda, acompaña a Pellat en la tesis de que el movimiento escritural en los inicios es mucho más consciente que en los finales: “Siempre en los primeros movimientos o impulsos, de página, como ya hemos visto anteriormente, de línea, palabra, letra y aún en el  mismo trazo, aparece más señalado el Yo Ideal porque el sujeto tiene más dominio sobre estos gestos iniciales, controlando mejor el útil al escribir” 
El final delata ya que es el momento en que el inconsciente traiciona y desenmascara.

• “Duda la mente, tiembla la mano”. También el texto manuscrito será detector de emociones y sentimientos. Desde la Escuela emocional, Curt A. Honroth mantiene que, ante palabras clave o “estímulo”, el autor sufrirá un “lapsus calami” que le delatará con la reproducción escrita de una palabra refleja, esto es reflejo de sus emociones, de sus intenciones, de sus miedos e inquietudes.

• El texto de la carta impreso en el blanco de la hoja, no es más que el reflejo del autor del mismo en su mundo, en el plano en el que se desenvuelve social y profesionalmente. La firma, en cambio, representa el Yo auténtico, el Yo íntimo y personal, por ello necesariamente ha de acompañar al texto. Puede así el candidato mostrar una imagen clara en el cuerpo de la carta, con una escritura impecablemente legible, y no así mostrar tal claridad en la firma ilegible, tachada o complicada. Y del mismo modo podría suceder a la inversa.
Sobra destacar que el grafólogo valorará el conjunto y que una firma clara, con rúbrica sencilla tiene muchas posibilidades de elevar al candidato a una siguiente fase en el proceso de selección.

Sandra Cerro

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